domingo, 22 de junio de 2014

Las lágrimas de san Pedro y el Quo vadis


Cartel de la película Quo vadis? (1951)

Para muchos españoles la expresión Semana Santa genera un interesante campo semántico formado por palabras tales como Ben Hur, Rey de Reyes, La historia más grande jamás contada y Quo vadis. Las "películas de romanos" (a las que recientemente se ha unido Gladiator) aparecen así indefectiblemente unidas a la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Curiosa asociación de palabras cuya creación recae en nuestras televisiones, que año sí, año también, programan sus parrillas con todos estos clásicos. Reconozcámosles el mérito de haber contribuido así a nuestro imaginario colectivo: al César lo que es del César... y vayamos al tema de esta entrada.

Escenas de la vida de san Pedro (piedra de la Iglesia, príncipe de los apóstoles, primer Papa) encontramos ya en muchos sepulcros paleocristianos y el Renacimiento nos ha dejado algunas de sus mejores obras con Pedro como protagonista (recuérdese la capilla Brancacci de Masolino y Masaccio y La entrega de las llaves del Perugino), pero cuando realmente esta santo adquirirá protagonismo será en el siglo XVI después del Concilio de Trento. 

Esta moda de san Pedro es fácilmente comprensible: Pedro suele ser considerado el primer Papa, figura cuya autoridad era negada por los protestantes, así que se convertía en candidato ideal para protagonizar las campañas propagandísticas que la Iglesia católica lanzaba a través del arte (no olvidemos que el grandísimo Argan, por ejemplo, llegó a considerar el Barroco como un estilo nacido por y para la Iglesia).

Perugino, Entre de las llaves a san Pedro. 1481, Capilla Sixtina.
Pero de todos los hechos y viajes que constituyen la vida de san Pedro, sin duda el más querido por la Contrarreforma será el momento posterior a las negaciones de Pedro; la escena en la que el desconsolado apóstol, siendo consciente de que acaba de decir públicamente que no conoce a ese Jesús que van a juzgar, se retira a sus soledades para llorar amargamente, arrepentido. 

Este episodio se ha venido llamando las lágrimas de san Pedro y, en cierto modo, es un 2x1 de la iconografía: con esta imagen no sólo tienes como protagonista a Pedro, el adalid de la Iglesia católica y por ende del papado, sino que exaltas el sacramento de la penitencia, hacia el que los protestantes tampoco profesaban mucha simpatía.  Recordemos que estos consideraban innecesaria la mediación de un sacerdote para la confesión y perdón de los pecados; la oración directa del fiel con Dios bastaba para ello.

Greco, Lágrimas de san Pedro.
Y lágrimas de san Pedro hicieron el Greco, Murillo, Ribera... Pero no sólo san Pedro lloraba en la pintura; también hubo lágrimas en otras artes. En 1560 el poeta-soldado italiano (que tomaba "ora la espada, ora la pluma", como diría Garcilaso) Luigi Tansillo (1510-1568) escribió Le lagrime di san Pietro, un texto compuesto por veinte poemas en los que el literato exploraba el arrepentimiento del apóstol después de su negación por triplicado. En 1587 el escritor Luis Gálvez de Montalvo tradujo al castellano la obra en quintillas y hemos localizado otra traducción, de 1613, por Damián Álvarez, fraile de la orden de predicadores que podéis ver aquí.

Pero cuando estas lagrime saltaron al estrellato fue en 1594 cuando el compositor Orlando di Lasso, uno de los más grandes compositores del XVI junto a Palestrina y nuestro Tomás Luis de Victoria, puso música a los versos de Tansillo. Además, esta fue la última obra del músico, pues falleció muy poco después de concluiras; de hecho, se publicaron de manera póstuma al año siguiente. El resultado de esta unión prodigiosa de palabra y música podéis oírlo en el vídeo que aparece en esta entrada.

Una vez sabido qué son las lágrimas de san Pedro, centrémonos en el Quo vadis. "Quo vadis?" es una frase latina que significa "¿adónde vas?" y que en el mundo cristiano aparece indisolublemente unida a la figura de san Pedro.



La primera vez que aparece ese "¿adónde vas?" ("Domine, quo vadis?") es en el evangelio de Juan (Jn 12, 36) durante la Última Cena. Pedro, al ver cómo Jesús da las últimas indicaciones a sus discípulos, pregunta a su maestro a dónde se dirige. Es entonces cuando Jesús conesta que adonde va, él, Pedro, no puede seguirle ahora pero sí lo hará en el futuro. A continuación, además, se anuncian las negaciones de Pedro.

La segunda ocasión en que Pedro pronuncia la pregunta ha sido recogida únicamente por textos que no forman parte de la Biblia, algo que no ha impedido sin embargo que estén integrados dentro de la tradición cristiana y que hayan sido representados en iglesias y obras de arte de todo el mundo. No olvidemos que los textos apócrifos, o no reconocidos como oficiales por la Iglesia, no estaban perseguidos por nadie y, de hecho, alcanzaron grandísima popularidad durante las Edades Media y Moderna, especialmente aquellos episodios vinculados a la infancia de María y Jesús.

Edición italiana de las Lágrimas de Tansillo

Pero vayamos al lío, que nos dispersamos. En los Hechos de los Apóstoles "oficiales" que se incluyen en el Nuevo Testamento se sigue la pista de Pedro hasta poco después de su liberación de la cárcel de Jerusalén por un ángel. Para conocer su marcha a Roma y posterior martirio es necesario recurrir a diferentes textos redactados en griego y latín durante los siglos II y IV de Nuestra Era.

En estos textos se cuenta cómo Pedro fue encarcelado en la prisión Mamertina (situada en el foro romano) y consiguió ser liberado tras convertir al cristianismo a sus dos guardias, los después santos y mártires Proceso y Martiniano. Al parecer, Pedro habría hecho manar agua de una roca que había en su celda, agua con la que habría bautizado a los carceleros. Este pasaje del milagro de la roca será muy habitual en los sarcófagos paleocristianos porque se considera una alusión al sacramento del bautismo. Además, guarda un gran paralelismo con un acontecimiento narrado en el Antiguo Testamento, el conocido como la "piedra o peña de Horeb": Moisés marchaba con el pueblo de Israel por el desierto, camino de la Tierra Prometida y los israelitas se quejaban de que tenían sed. Así pues, Moisés, por indicación de Dios, golpeó la peña de Horeb e hizo manar agua (Éx 17, 1-7).


Sarcófago de Astorga en el Museo Arqueológico Nacional. Aparece Pedro junto a dos soldados de menor tamaño haciendo manar agua de una piedra.

Una vez salido de la cárcel, Pedro fue convencido por sus seguidores para que escapase de la ciudad. Cuando Pedro se dirigía a una de las puertas se encontró con Cristo y el apóstol, con toda la familiaridad del mundo, le preguntó:"Señor, ¿a dónde vas?". Es decir, "Domine, quo vadis?. Cristo respondió que iba a Roma para que le crucificasen de nuevo. Entonces, Pedro cambió de opinión y decidió volver a la Ciudad Eterna para ser crucificado junto a Cristo. Y en ese momento Jesús subió al cielo y Pedro se echó a llorar.

Annibale Carracci, Quo vadis, domine? 1601. En ninguna de las fuentes literarias se indica que Cristo apareciese cn una cruz. Sin embargo, el arte ha dado por hecho que, al referirse Jesús a la crucifixión, debería de portar una cruz.

Como hemos indicado, este pasaje es narrado en textos apócrifos de los siglos II y IV. Pero, ¿cómo llegó hasta la Edad Moderna, momento en que abundan los Quo vadis? Esta transmisión de la leyenda se la debemos, una vez más, a uno de los textos imprescindibles para el historiador y aficionado al arte: La leyenda dorada del dominico del siglo XIII Santiago (o Jacobo) de la Vorágine, texto de carácter hagiográfico que narra las vidas de diferentes santos. Allí encontraréis toda la vida, obra y milagro de Pedro, si gustáis.

La traducción castellana de la Leyenda dorada.

Y llegamos al final de esta entrada, que no del tema. En el tintero ha quedado la alusión a dos curiosas reliquias vinculadas al Quo vadis. De ellas hablaremos próximamente. Vale.

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