lunes, 28 de abril de 2014

Velázquez, un caballero desconocido y la descontextualización del arte

Rescato algunas de las reflexiones que hice hace algún tiempo sobre un Velázquez que visitó Madrid unos meses atrás y con el que compartí varias horas de trabajo en el Museo del Prado...


Diego Velázquez, Retrato de caballero, c. 1635. Metropolitan Museum de Nueva York

Desde hace algunos años, el Museo del Prado invita una obra procedente de otro museo para que visite sus salas, donde permanece expuesta durante algún tiempo y establece un diálogo silencioso pero elocuente con las obras de la colección permanente que la rodean. De este modo, hemos tenido la oportunidad de ver, por ejemplo, a Las hijas de Edward Darley de Sargent cruzar miradas con la infanta Margarita de las Meninas en el salón central o, más recientemente, el Entierro de Cristo de Caravaggio ofreciendo su tenebrista compañía a la única obra del "Anticristo de la pintura" que posee el Prado.

En esta ocasión es Velázquez el egregio invitado, quien ha ocupado su lugar de comensal de honor en la sala 9A del edificio Villanueva, junto a La rendición de Breda y el resto de obras vinculadas al Salón de Reinos del Palacio de Buen Retiro. Se trata en concreto de un retrato de caballero, fechado en torno a 1635 y procedente del Metropolitan Museum de Nueva York. Viene a ser uno más de esos lienzos, de acostumbrada atribución dudosa (o no tanta), que en los últimos años se ha vinculado a la producción del sevillano (recuérdese, por ejemplo, el caso de un retrato de cuerpo entero de Felipe IV, hace apenas dos años atribuido definitivamente-o al menos hasta que se vuelva a decir lo contrario- a Velázquez).

La historia de esta obra se podría contar como sigue: el retrato se había movido en el ámbito del coleccionismo privado desde el siglo XVIII, llegando a  manos del marchante de arte Joseph Duveen en la década de 1920. Obedeciendo al gusto (o tiranía) del mercado artístico del momento, Duveen realizó una serie de intervenciones en la obra: definió el fondo y "terminó" el busto del caballero, así como el cabello. En este estado, y atribuido al círculo de Velázquez (a pesar de la oposición del historiador alemán del arte Mayer, fallecido en 1944 en Auschwitz, que lo consideró siempre autógrafo del sevillano) se había venido exponiendo el lienzo en las salas del Metropolitan desde su llegada a la institución en los años 40. Sin embargo, en 2009, tras su limpieza, quedó patente que la obra debía de ser, por sus características y calidades técnicas, ocultas durante tanto tiempo, un Velázquez auténtico. Y como tal luce estos días en el Prado.

El retrato antes de la limpieza de 2009 (http://www.nytimes.com/2009/09/10/arts/design/10velazquez.html)

En cuanto a la identidad del retratado, el propio Mayer, comparando al caballero con el Velázquez de Las Meninas, propuso que la obra sería un autorretrato del pintor. Sin embargo, más recientemente, el hispanista Jonathan Brown ha llamado la atención sobre las semejanzas existentes entre este desconocido caballero y un soldado de La rendición de Breda, precisamente aquel que la crítica del XIX, tan ávida de poner cara a los artistas, creyó ser el propio Velázquez.


Sea como fuere, el retrato resulta sugerente por varios motivos y es ahí, en la sugerencia individual y única de cada uno de los observadores que se paran unos instantes delante de la obra, donde reside el encanto de la obra invitada: este Velázquez neoyorkino puede y quiere en su corta estancia madrileña decir muchas cosas a los visitantes de un museo demasiadas veces abarrotado de público, hasta el punto de que el diálogo que pudiera establecerse entre observador y obra queda enmudecido y suplantado por la obsesión de verlo todo para no retener nada. 

¿Y qué podría decirnos este caballero desconocido? Más allá de la atribución o no a Velázquez (que ciertamente poco importa, pues la calidad de la obra por sí misma está a la vista, sin necesidad de que vaya firmada por nadie); más allá de la atribución, el retrato nos podría hacer reflexionar sobre su propia naturaleza perdida, es decir, su función primigenia: fijar los rasgos y la apariencia en un momento concreto y, a la larga, perpetuar la memoria del personaje representado. Esta función se ha perdido tanto en cuanto no conocemos la identidad del retratado. ¡Y son tantos los retratos de damas y caballeros desconocidos que pueblan nuestros museos! Así pues, no nos queda sino valorar el retrato por su calidad técnica, puesto que ya no cumple su función y, paradójicamente, el retratado se ha perdido en las marismas del olvido. Tal vez esto es lo preferible, como aconsejaba ya el poeta del XVI Francisco de Aldana:

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
 del mundo es lo mejor que en él se asconde,
 pues es la paga dél muerte y olvido. 

Y esta pérdida de función del retrato nos llevaría también a pensar sobre la descontextualización del arte, esto es, el costreñir a las paredes de un museo (que no deja de ser un ecosistema artificial, en ocasiones situado en edificios que ni siquiera fueron proyectados como museos) obras que en su día fueron concebidas para llenar las paredes de viviendas, palacios e iglesias. Pero todo objeto de estudio ha de ser llevado al laboratorio, aislado de su medio natural, y el arte no ha de ser menos si se quiere que sea preservado y estudiado. Sin embargo, cuánta fuerza pierden los Caravaggio, cuánta majestad las pinturas de historia del Salón de Reinos al colgar de una aséptica pared. ¿Querría el caballero retratado por Velázquez ser expuesto de esta manera ante miles de curiosos?

Y, por qué no, este retrato de Velázquez podría recordarnos los peligros que entraña el mercado del arte, con su obsesión efímera y cambiante por los artistas y estilos emergentes y revalorizados, por el beneficio económico en definitiva. En su momento, en la década de 1920, Duveen creyó que la obra, tal como estaba, no encontraría comprador fácilmente, y por eso la modificó. Hoy día, si ha venido al Museo del Prado es porque fue realizada por Velázquez con su genial forma de concebir y trabajar el arte de la pintura, aspectos que Duveen precisamente quiso ocultar. Pero, ¿quién sabe qué futuro de atribuciones e identificaciones le aguarda al caballero desconocido?

3 comentarios:

  1. Esa misma sensación de descontextualización siento yo, como tú, al contemplar la sobras que lucieorn en el aún existente salón de Reinos del antigua Palacio del Buen Retiro (ojalá podamos verla de nuevo expuestas allí en la manera en las que fueron proyectadas y pensadas por Felipe IV y Olivares y organizadas por Velázquez como director de ese proyecto)...también yo había caído en la semejanza de ese retrato de caballero anónima con el hombre que mira al espectador en la 'Rendición de Breda', ambos, como bien dices, muchas veces identificados con el genio sevillano por su pelo moreno y su perilla, aunque sin lucir orgullosamente la cruz de Santiago de la que tanto se enorgulleció don Diego.

    Gran entrada, un saludo desde Reinado de Carlos II

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  2. Igualito, igualito que el caballero de La rendición de Breda. En efecto. Por otro lado es bueno que las pinturas se oreen, cambien de aires y "conversen" con otras obras.me has recordado la pieza teatral de Alberti, "Noche de guerra en el museo del Prado", con eos personajes que cobran vida,salen del cuadro y entablan diálogo con los otros personajes.
    Un saludo.

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  3. No sé qué tiene Velázquez que a pesar dle paso de los siglos nos sigue embrujando dentro del aire que contienen cuadros como el de Las Meninas. Y esta frase no la he inventado yo; la pronunció Dalí cuando en una entrevista le preguntaron por sus pintores favoritos y dijo que se quedaríoa con el aire o la atmófera que contiene el lienzo más conocido y reconocido del pintor sevillano (y hay que imaginársela pronunciada por el catalán).
    Un saludo

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