domingo, 29 de septiembre de 2013

Miguel Ángel y el neoplatonismo

Artículo publicado en el (desaparecido) blog de la Asociación Cultural Anónimo Castellano 

Hoy quiero hablaros de Miguel Ángel y su relación con la filosofía neoplatónica. El tema es complejo y ha dado lugar a ríos de tinta; nosotros sólo expondremos algunas pinceladas de un tema apasionante y de un rasgo de la personalidad de Miguel Ángel necesario para comprender su obra.

Marcello Venusti, Retrato de Miguel Ángel
Pero que nadie se engañe: si alguien que pensó si quiera un momento que ser neoplatónico equivalía a pertenecer a alguna secta o hermandad secreta (algo a lo que nos tienen acostumbrados tantas novelas históricas), se llevará con esta entrada una gran decepción. El neoplatonismo fue una corriente filosófica de gran importancia en la tardoantigüedad que renació a finales del siglo XV en Florencia (habría que llamarlo por tanto "neo-neoplatonismo" si hablásemos con propiedad) y que se acabó convirtiendo en el hálito espiritual de gran parte de la desengañada cultura europea del siglo XVI y más concretamente de los artistas manieristas.

Como muestra del alcance, más o menos explícito, de este neoplatonismo en la cultura del momento, os traemos dos poemas españoles de la segunda mitad del siglo XVI. Luego veremos por qué hay rasgos neoplatónicos y qué tienen que ver con Miguel Ángel y su manera de concebir el mundo.

El primero es un soneto del poeta-soldado Francisco de Aldana:

- ¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor juntos trabados
con lenguas, brazos, pies, y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?

- Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.
El segundo, de san Juan de la Cruz:

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.

(...) Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;
y así, es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo:
que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero. 

(...)¡Sácame de aquesta muerte
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.

Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida,
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios! ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?

Más contrarios no podían ser los asuntos de estos poemas  pero, como suele decirse, los extremos se tocan. En el primer soneto Aldana nos presenta el diálogo de dos amantes que, aunque consiguen unir sus cuerpos en esa "lucha de amor" (como suele llamarse decorosamente al acto sexual en la literatura del momento), no logran unir sus almas en una sola pues el cuerpo, la parte material, se lo impide ("llora el velo mortal su avara suerte").

En el segundo, el alma lamenta no verse liberada del cuerpo, su cárcel terrestre ("impedida en este lazo tan fuerte"), para poder reunirse con Dios: sufre, desfallece, muere porque no llega el momento de la liberación, el de la muerte ("muero porque no muero"). Sólo entonces el alma podrá vivir de verdad.
San Juan de la Cruz
Esta idea de la existencia de un algo inmaterial en el hombre (el alma) que está apresado en este mundo terreno por una suerte de jaula (el cuerpo), sin serle posible unirse con una realidad supraterrena (en este caso el Dios cristiano), es una de las ideas clave del neoplatonismo. 

Este neoplatonismo, como su nombre indica, alude a una recuperación e reinterpretación de la filosofía de Platón. Recordemos brevemente: para Platón, existen dos realidades. La realidad sensible, que nosotros percibimos a través de los sentidos, cambiante; y la realidad inteligible, el denominado Mundo de las Ideas, que sólo puede conocerse a través del alma, que además procede de allí. Las cosas que hay en este mundo no son sino un reflejo imperfecto de su Idea correspondiente, que es inmutable y eterna. Y el alma, al morir, volverá a ese mundo inteligible.

El mito de la caverna de Platón, donde queda plasmada su concepción dual del mundo y la relidad

En primer lugar, se produjo una importante recuperación de la filosofía de Platón de mano de Plotino durante el siglo III de Nuestra Era. Ya entonces, las ideas platónicas se vieron influidas grandemente por las religiones mistéricas orientales. Siendo breves, Plotino venía a afirmar que existía lo Uno, inefable, infinito y eterno, una suerte de la realidad suprema de la que emana todo lo demás, incluida el alma. Según vamos descendiendo hacia el mundo terrenal, esa emanación y presencia de lo Uno se hace más tenue. De ahí que el alma quiera volver al Uno y abandonar esta realidad material corruptible y temporal que tiene claras connotaciones negativas.

Será a finales del siglo XV cuando el italiano Marsilio Ficino (1433-1499) le dé una vuelta más a Platón y el neoplatonismo. Ello se materializará en la Academia Platónica de Florencia, en torno a la cual se reunirán algunos de los humanistas y artistas más importantes de la segunda mitad del siglo XV. A partir de este núcleo, el neoplatonismo se extenderá por toda Europa.

Ficino, al desarrollar su neoplatonismo, tenía dos metas fundamentales: en primer lugar, traducir al latín y comentar los textos de Platón, Plotino y sus seguidores; en segundo, intentar unir cristianismo con filosofía clásica para demostrar que no son sistemas incompatibles.

Ficino, el primero por la izquierda, junto a los humanistas y literatos Cristoforo Landino, Poliziano y Demetrio Calcocondilo en un fragmento de un fresco de Ghirlandaio.

Este es el marco intelectual de la obra de Miguel Ángel, tanto literaria como artística. En las siguientes líneas veremos cómo ese neoplatonismo está presente en algunas de sus obras escultóricas más importantes.

Para abrir boca, os traemos uno de sus últimos sonetos, donde se hace muy perceptible esa lucha entre espíritu y materia que estará omnipresente en las obras artísticas de sus últimos años:

LXXV
"Cierto de la muerte, no aún de la hora,
la vida es breve y poco ya me resta;
grata a los sentidos, pero no morada
del alma, que me ruega muera.
Es ciego el mundo y aún el triste ejemplo
vence y sumerge toda costumbre buena;
se apagó la luz y en ella la confianza,
triunfa lo falso y la verdad no brota.
Ay ¿cuándo vendrá, Señor, lo que aguarda
quien en ti cree? pues la mucha tardanza
la fe corta y hace el alma mortal.
¿Qué vale que nos prometas tanta luz,
si antes llega la muerte, y sin refugio
para siempre nos deja donde nos alcanza?"

Una vez conocido el marco ideológico, a continuación comentaremos algunas de las principales obras de Miguel Ángel teniendo como punto de partida este movimiento filosófico que tanto influyó en la manera de concebir el mundo del artista. Las obras que os presentamos aquí son la Capilla Sixtina y la Tumba de Julio II. 

La Capilla Sixtina
De todos es sabido el ímprobo esfuerzo que supuso la realización de esta obra: cuatro años de intenso trabajo sin apenas ayuda del taller (1508-1512). El propio Miguel Ángel escribió uno de sus sonetos haciendo alusión a esta titánica tarea:

"Se me ha hecho ya buche en la fatiga,
como a los gatos hace el agua en Lombardía
o en cualquier otra región en que esto ocurra,
que a fuerza el vientre se junta a la barbilla.

Siento la barba al cielo y en el dorso
la memoria, y tengo el pecho de una arpía,
y el pincel sobre el rostro, goteando,
me lo va convirtiendo en pavimento rico.

Los riñones me han entrado hasta la panza,
y hago del culo en contrapeso grupa,
y en vano sin los ojos pasos muevo.

Por delante se me estira la corteza
y por plegarse atrás ahí se me arruga,
extiéndome como un arco de Siria.

Mas falaz y extraño
el juicio brota que la mente lleva,
pues tira mal la cerbatana rota.

Mi pintura muera
defiende en adelante, Juan, y el honor mío,
pues no estoy en mi sitio ni pintor me digo" (1)

Los frescos representan historias y personajes del Antiguo Testamento. Concretamente aparecen historias del Génesis (la Creación del mundo, de Adán y Eva, el Diluvio, Jonás, etc), Profetas y Sibilas (procedentes del mundo grecolatino) que anuncian la llegada del Mesías y las denominadas "cuatro salvaciones milagrosas" del pueblo de Israel, es decir, aquellos episodios bíblicos en los que el pueblo judío se libró de algún tipo de mal o de la opresión por disposición divina. Estas cuatro salvaciones se concretan en la historia de Judith y Holofernes, David y Goliat, la serpiente de bronce y el castigo de Amán, vinculado a la historia de Esther. 

Esquema de la iconografía de la Capilla Sixtina. Pincha en la imagen para verla más grande

Todas estas escenas, como conjunto, hacen mucho más que limitarse a ilustrar el Antiguo Testamento: constituyen la plasmación de la doctrina neoplatónica: el alma humana lleva a cabo un proceso de ascesis, recorre un camino de ascensio o retorno a Dio. Esto es: el  alma abandona la prisión del cuerpo y de este mundo para regresar a Dios y ser libre.

¿Y cómo se produce esta ascesis o retorno a Dio? Está íntimamente relacionada con la disposición de las pinturas. Según entramos en la Capilla, encontramos sobre nosotros el episodio de la embriaguez de Noé, para dar paso al Diluvio. Poco a poco, según avanzamos, nos vamos acercando a los inicios de la Creación: el pecado y expulsión del Paraíso, la creación de Eva, la creación de Adán... para llegar finalmente a la separación de la luz y tinieblas y a la figura de Jonás. Jonás, el hombre que permaneció tres días en el interior de una ballena para después salir vivo e ileso de ella, se había convertido desde la época paleocristiana en una prefigura de la Muerte y Resurrección de Cristo: "Porque así como tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de un gran pez, también tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en las entrañas de la tierra" (Mt 12, 40). 

La parada previa al altar la constituye Jonás, situado en lo alto justo encima del Juicio Final.

Por tanto, es comprensible que el paso inmediatamente previo al altar, a la unión con Dios, sea Jonás, no sólo prefigura de la Muerte y Resurrección de Cristo, sino también de la muerte del hombre y por tanto de la liberación del alma de su cárcel mortal. 


La tumba de Julio II
El faraónico y truncado proyecto de la tumba de este papa constituye otro buen ejemplo de la plasmación de filosofía neoplatónica en una obra de arte. 

Rafael, Retrato del papa Julio II.
El primer proyecto de esta sepultura data de 1505 y fue concebido inicialmente para situarse en el Vaticano. Sin embargo, una vez fallecido Julio II en 1513, la idea primigenia comenzó a sufrir una transformación tras otra, transformaciones que cada vez reducían más las dimensiones del monumento hasta dejarlo en la mármorea, pero en comparación, modesta tumba que hoy puede contemplarse en San Pietro in Vincoli. 

Primer proyecto de la tumba de Julio II.

Miguel Ángel planteó, en el primer proyecto, una obra de grandes dimensiones exenta que se organizaba en tres cuerpos. En el más bajo, aparecían representados las Victorias y los Esclavos; el cuerpo central lo ocupaban las figuras de Moisés y san Pablo y de la Vida Activa y la Vida Contemplativa. Finalmente, arriba, se encontraba el féretro sostenido por sendos ángeles: uno de ellos aparece sonriente (la Alegría) y otro lloroso (la Lamentación).

Este primer proyecto fue modificado tras la muerte de Julio II introduciendo algunas otras figuras, como una Madonna con el Niño. Pero sería a partir de 1516 cuando la idea inicial se fue empequeñeciendo hasta llegar a la modesta tumba actual. Además, el monumento dejó de ser exento y pasó a estar adosado a la pared. El sepulcro no alcanzaría su apariencia definitiva hasta fecha tan tardía como 1545. 

La tumba de Julio II tal como puede verse hoy día en la iglesia romana de San Pietro in Vincoli. El Moisés se encuentra en el centro.

Pero, ¿dónde queda el neoplatonismo en esta obra? Queda, por ejemplo, en el hecho de que uno de los ángeles sonría (la Alegría) "como si estuviera contento de que el alma del Papa hubiera sido recibida entre los justos" y el otro llore "como si estuviera dolido porque el mundo había sido privado de un hombre semejante". Además, las figuras de la Vida Activa y la Vida Contemplativa aludirían a las dos opciones vitales que conducen hacia Dios, representando Moisés y san Pablo una buena síntesis de acción y contemplación que les llevó a alcanzar la inmortalidad espiritual. Estas ideas eran, al menos, algunas de las que aparecían con frecuencia en los textos neoplatónicos de la época. No hay que olvidar, además, que Moisés tuvo el privilegio de ver a Dios en forma de zarza ardiente. 

Moisés de Miguel Ángel.

La otra clave neoplatónica nos la dan los Esclavos, quienes apresados e intentando alcanzar la libertad representarían al alma humana encerrada en el cuerpo, en el mundo material: el alma está esposada con grilletes y se ve forzada a intentar desasirse de ellos a través de movimientos violentos y posturas extrañas... "Nuestra mente, mientras nuestra alma sublime se ve obligada a actuar en un cuerpo vil es agitada por una inquietud permanente; a veces duerme y delira" en palabras de Ficino. 
 
Algunos de los Esclavos de Miguel Ángel. Se conservan en la Academia de Florencia

Los Esclavos conservados en el Museo del Louvre.

No conviene olvidar, tampoco, que uno de los Esclavos (concretamente el conservado en el Louvre) presenta en la parte posterior un pequeño mono esculpido. El mono ha sido siempre vinculado a las bajas pasiones del hombre, de ahí que en muchas obras religiosas o de carácter moralizante aparezca atado con una cuerda o una cadena, aludiendo a que esos bajos instintos están bajo control.  

Detalle del mono que se esconde tras uno de los Esclavos del Louvre.

Por el contrario, las Victorias representarían el alma humana libre, que ha trascendido el mundo matérico.   

Leyendo el monumento de abajo arriba tal como fue concebido en 1505, Miguel Ángel nos plantearía un recorrido ascensional desde el mundo terrenal (los Esclavos rebeldes) hasta lo inteligible, donde ya liberado por completo de la materia, del cuerpo humano, se encontraría Julio II. 

Así, en conclusión, la tumba de Julio II, tal como fue concebida inicialmente, vendría a presentar el triunfo espiritual de este papa beligerante, materializando de manera plástica algunas de las ideas fundamentales de la filosofía neoplatónica de Marsilio Ficino que tanta trascendencia tuvo para la vida cultural europea del siglo XVI. 


 (1) Traducción de Luis Antonio de Villena.


Bibliografía
  • BUONAROTTI, M.A. (2011) Sonetos completos. Mádrid: Ediciones Cátedra. Introducción, traducción y notas de Luis Antonio de Villena.
  • GRABAR, A. (1998). Las vías de la creación en la iconografía cristiana. Madrid: Alianza Editorial.  
  • PANOFSKY, E. (1985). Estudios sobre iconología. Madrid: Alianza Editorial.
  • RÉAU, L (1996). Iconografía del arte cristiano. Iconografía de la Biblia. Antiguo Testamento. Barcelona: Ediciones del Serbal. 
  • SEBASTIÁN, S. (1978). Arte y humanismo. Madrid: Cátedra.