sábado, 13 de abril de 2013

Los grandes pintores vistos por los grandes poetas (II)

Hace unos días traíamos a colación las estrechas relaciones entre arte y literatura durante la Edad Moderna española, a pesar de lo que actualmente pueda parecer en un contexto académico en que cada investigador (salvo agradables excepciones cada vez más numerosas) es especialista de su materia y sus anteojeras le impiden ver lo que hace el de la disciplina de al lado. Si entonces propusimos un diálogo entre dos retratos vinculados a Velázquez y dos poemas dedicados a él por Luis Veléz de Guevara y Luis de Góngora, en esta ocasión, como no podía ser de otro modo, es el turno de otro de los pintores con más personalidad de la Historia del Arte, el Greco (1541-1614). 

El Greco, oriundo de la isla de Creta (en el momento de su nacimiento dependiente de la República de Venecia), se formó como pintor de iconos bizantinos para después conocer los logros de la escuela veneciana y de la escuela manierista romana, especialmente Miguel Ángel. De esta interesante mezcla de influencias nació su peculiar estilo, para el que no ha faltado todo tipo de explicaciones, algunas rayanas en el absurdo. Sea como fuera, el talento y personalidad artísticos del Greco no pasaron desapercibidos para los literatos e intelectuales de la época, a pesar de que el pintor griego no tuviera gran éxito en la Corte madrileña. Así, por ejemplo, recibió los elogios de fray Hortensio Félix Paravicino, a quien llegó a retratar, y de Luis de Góngora. 

Con ellos y con sus versos os dejamos. Que los disfrutéis.

El Greco, Retrato de Fray Hortensio Félix Paravicino, 1609. Museo de Bellas Artes de Boston.


Fray Hortensio Paravicino (1580-1663) al Greco

Divino Griego, de tu obrar, no admira
que en la imagen exceda al ser arte el arte,
sino que della el cielo por templarte
la vida, deuda a tu pincel retira.

No el Sol sus rayos por esfera gira
como en tus lienzo basta el empeñarse
en amagos de Dios, entre a la parte
naturaleza que vencer se mira.

Emulo de Prometheo en un retrato
no afectes lumbres, el hurto vital dexa,
que hasta mi alma a tanto ser ayuda.

Y contra veinte y nueve años de trato,
entre tu mano, y la de Dios, perpleja,
qual es el cuerpo en que ha de vivir duda.

- - - - - - - -

Ya fuese, Griego, ofensa o ya cuidado,
que émulo tu pincel de mayor vida
le diese a Jove, nieve vi encendida,
el taller de tus tintas ilustrado.

Ya sea que el laurel horror sagrado
guardó la lumbre, ya que reprimida
la saña fue de imagen parecida:
desvaneció el estruendo, venció el hado.

No por tus lienzos perdóno a Toledo
el triunfador del Asia, antes más dueño,
gobernates del cielo los enejos.

Envidia los mostró, templólos miedo,
y el triunfo tuyo su castigo o ceño
hiciste insignias, cuando no despojos. 
 - - - - - - - - - -

Del Griego aquí lo que encerrarse pudo
yaza, piedad lo esconde, fe lo sella,
blando le oprime, blando mientras huella
zafir, la parte que se hurtó del nudo.

Su fama el Orbe no reserva mudo,
humano clima, bien que a oscurecella,
se arma una embidia, y otra tanta estrella,
nieblas no atiende de Orizonte rudo.

Obró a siglo mayor, mayor Apeles,
no el aplauso venal, y su extrañeza
admirarán, no imitarán edades.

Creta le dio la vida, y los pinceles
Toledo, mejor patria donde empieza
a lograr con la muerte, eternidades.


Luis de Góngora  (1561-1627) al sepulcro de Dominico Greco, pintor

Esta en forma elegante, o peregrino,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega el mundo mas suave
que dio espíritu a leño, vida o lino.

Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la fama cabe,
el campo ilustra de esa mármol grave,
Venéralo, y prosigue tu camino.

Yace el Griego, heredó naturaleza
Arte, y el Arte estudio, Iris colores,
Febo luces, sino sombras Morfeo.

Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores,
corteza funeral de árbol sabeo.

lunes, 8 de abril de 2013

Microrrelatos: decir mucho en pocas palabras


Una de las misteriosas pinturas de Remedios Varo (1908-1963)

El microrrelato, la microficción, minicuento o microcuento son los diferentes nombres (entre otros) que puede recibir aquel texto narrativo cuya principal característica es la brevedad. Y hablamos de brevedad de pocas líneas o incluso palabras frente al relato corto, que puede ocupar varias páginas sin llegar, por supuesto, a la extensión del libro. En cierto modo, podría decirse que el microrrelato es a la prosa lo que el haiku a la poesía.

Alguien pensará que poco o nada puede contarse en un microrrelato. Sin embargo, tal vez su función no es precisamente contar algo, sino crear sorpresa, sugerir e incluso, por qué no, ayudar a nuestra imaginación a echar a volar para que desarrollemos una historia que su autor sólo quiso que tuviera unas pocas palabras.

La existencia de relatos tan cortos (¡cortísimos!) puede remontarse muy atrás en el tiempo como parte de narraciones más extensas (por ejemplo las propias parábolas de los Evangelios). Sin embargo, tal como lo entendemos hoy, con vocación artística y literaria, puede decirse que el microrrelato es una invención del siglo XX.

A continuación, a modo de miniantología, presento unos cuanto que me han hecho especial gracia. Hay muchos más en libros de texto o por la red. Que los disfrutéis:

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Augusto Monterroso, "El dinosaurio"

"Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
    —Ah, es una delicia —me respondió—, ya estoy leyéndolo".
José de la Colina, "La culta dama". 

 "Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina". José María Merino, "Cien".

 "Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte". Juan José Arreola, “Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco”.

 "Los niños entraron a la casa y destrozaron las jaulas. La mujer encontró los cuerpos muertos y enloqueció. Los pájaros no regresaron". Triunfo Arciniegas, "Pequeños cuerpos".

"Le propuso matrimonio. // Ella no aceptó. // Y fueron muy felices". Anónimo, "Enamorado"

"En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular...El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben". Jorge Luis Borges, "El sueño"

Y para terminar...

"Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea". Augusto Monterroso, "Fecundidad"

La poesía de Miguel Ángel Buonarroti

Artículo publicado en el blog de la Asociación Cultural Anónimo Castellano

El poeta español del siglo XVI Francisco de Aldana escribía los siguientes versos en uno de sus sonetos: "tras tanto variar vida y destino, /tras tanto de uno en otro desatino/ pensar todo apretar nada cogiendo". O lo que es lo mismo, como dice el refrán: "Aprendiz de mucho, maestro de nada". En cierto, modo ése es el caso de Miguel Ángel, aunque fuese maestro de mucho.

Edición bilingüe de la editorial Cátedra de los Sonetos completos

Como buen hombre del Renacimiento, cultivó distintas artes (pintura, escultura, arquitectura, poesía), pero cabría preguntarse si en todas destacó por igual. Su genialidad en la pintura y la escultura es evidente, pero ¿en el caso de la poesía? Miguel Ángel nos dejó (que se sepa) hasta tres centenares de piezas poéticas que vieron la luz por primera vez en 1623. Sin embargo, desde entonces, su consideración ha variado mucho a lo largo del tiempo. Por ejemplo, el historiador y filósofo Benedetto Croce (1866-1952) criticaba la dureza de sus rimas y versos, mientras que autores como Thomas Mann o incluso Rilke los alabaron.

Ciertamente, su poesía resulta en ocasiones obtusa y difícil de entender, forzada en la rima, de una acabado áspero. Pero tal vez se deba a que a Miguel Ángel le interesa más el contenido que la forma, a que el artista veía la poesía como un refugio para sus pensamientos más personales, una manera de plasmar sus vivencias espirituales en la que el resultado estético era más bien secundario.

De toda su obra poética destacan especialmente los célebres sonetos, contenidos en la edición de Cátedra cuya fotografía abre esta entrada y de la que es responsable y traductor el también poeta Luis Antonio de Villena. Es posible ver cómo en estos sonetos se repiten una serie de temas, que comentaremos a continuación. 


En primer lugar, encontramos sonetos relacionados con el papa Julio II, principal protector de Miguel Ángel y responsable de la construcción de la basílica de san Pedro y del encargo de los frescos de la Capilla Sixtina. En uno de ellos (el IV siempre según la edición de Cátedra), Miguel Ángel se queja de que el Papa haya prestado atención a sus rivales artísticos, quienes habrían convencido al Pontífice para que hiciese tan colosal e imposible encargo (pintar el techo de la Capilla Sixtina) a Miguel Ángel, quien no podría llevarlo a cabo por ser ante todo escultor. 

"Señor, si es verdad algún proverbio antiguo,
es el que dice que quien puede más no quiere.
Has creido en fábulas y palabras vanas
y premiado a quien es de la verdad enemigo.
Yo soy y fui tu buen siervo antiguo
y a ti dado como al sol los rayos,
mas de mi tiempo ni te compades ni cuidas,
y menos te plazco, cuanto más me afano.
Yo esperé ascender hacia tu alteza,
y tu equilibrio justo y potente espada
mi ayuda fuesen, y no la voz del eco.
Mas el propio cielo desdeña situar cualquier
virtud en el mundo, queriendo que vayamos
a coger el fruto del árbol que está seco"
Otro de los grandes protagonistas de estos sonetos es Tomasso Cavalieri, aristócrata y artista sin mucho talento ni renombre que será destinatario de dibujos y poemas de Miguel Ángel. Ambos se conocieron en 1532, cuando Tomasso tenía 17 años y Miguel Ángel 57. Aunque los sonetos dedicados a él son de carácter claramente amoroso, aún no está claro si entre ellos hubo algún tipo de relación sentimental. 

Soneto XXVII
"Hubiera creído, el primer día que
miré tanta belleza única y sola,
detener los ojos como águila al sol
en la menor de las tantas que anhelo.
Conocí después mi caída y mi error:
quien sin alas quiere a un ángel seguir,
siembra en piedras, esparce al viento
las palabras y con el intelecto busca a Dios.
Así es que, si cerca no soporta el corazón
la infinita beldad que deslumbra los ojos,
ni lejos me da calma o confianza,
¿qué haré? ¿qué guía o escolta
podrá contigo valerme o ayudarme;
 si al acercarme ardo y al partir me matas?"

Vittoria Colonna según un dibujo de Miguel Ángel

En tercer lugar, Miguel Ángel dedicará muchos de sus sonetos a la que será una de la personas más importantes en su vida personal y espiritual, Vittoria Colonna, marquesa de Pescara y una de las damas más cultas de su época, además de poetisa. Vittoria, nacida en 1490, enviudó en 1525 de su marido Ferdinando Francesco d´Avalos, marqués de Pescara, y a partir de entonces se dedicó a su vida espiritual, pasando largas temporadas en conventos y organizando importantes tertulias. Precisamente en un convento se conocieron Vittoria y Miguel Ángel, ya en 1536. Para ella realizaría Miguel Ángel numerosas obras.

Se ha especulado mucho acerca de qué tipo de relación era la existente entre Vittoria y Miguel Ángel. Sin embargo, más bien parece que era estricta e intensamente espiritual y que la marquesa es fundamental para entender los últimos años del artista.

Soneto LXIV. A la muerte de Vittoria Colonna
"¿No es maravilla si próximo al fuego
ardo y me consumo, ahora que está apagado
por fuera, y me aflige y quema dentro,
y a ceniza poco a poco me reduce?
Veía ardiendo tan luciente el lugar
del que pendía mi grave tormento,
que sólo verlo me daba contento,
y desgarro y muerte me eran fiesta y juego.
Mas ya que del gran fuego el esplendor
que me ardía y nutría, roba el cielo,
carbón quedó en brasa y recubierto.
Y sin más leña no me trae amor
que prenda llama, ni una sola pavesa
quedará de mí, todo en cenizas vuelto".


Edición de 1623 de las Rime de Miguel Ángel

Por supuesto, no podían faltar aquellos sonetos más íntimamente relacionados con el quehacer artístico de Miguel Ángel, de los que generalmente se ha intentado extraer, o al menos deducir, la concepción que de la pintura y la escultura tenía el genial artista. Por ejemplo, en el soneto LVI, dedicado a Vittoria Colonna, reflexiona sobre la duración de la obra artística, que contrasta en su matérica eternidad con la brevedad de la vida de su creador (lo que viene a aludir en último término al proverbio latino ars longa, vita brevis):

"¿Cómo puede ser, señora, lo que por larga
experiencia vemos, que dura más
la imagen viva en piedra alpestre y dura
que su autor, a quien los años devuelven al polvo?
La causa al efecto cede y se inclina,
por lo que el arte vence a la natura.
Bien lo sé, en hermosa escultura compruebo
que muerte y tiempo no dan fe en la obra.
Así es que a ambos puedo dar larga vida
en cualquier modo, en color o en piedra,
de uno y otro reproduciendo el rostro;
tal que mil años después de la partida,
cuán bella fuisteis vos y qué mísero yo
se vea, mas que en amaros no fui tonto".

Otros sonetos relacionados con el arte inciden en que la creación artística no reside tanto en la mano (técnica) como en el alma (la parte divina) del artista, planteando así una concepción del arte muy influida por el neoplatonismo. Así, por ejemplo, uno de los sonetos (XLVII) comienza de esta manera:

"No tiene el gran artista ni un concepto
que un mármol sólo en sí no circunscriba
en su exceso, mas solo a tal arriba
la mano que obedece al intelecto (...)"

O el número LV:

"Si la parte divina ha conocido bien
el rostro y los actos de alguno, después con ese
valor doble y un breve y vil esbozo
da a las piedras vida, y no es fuerza de arte.
No de otro modo en más rústicos cartones,
antes que presta mano el pincel tome,
entre doctos ingenios el más hermoso y diestro
ordena y reelabora, y comparte la historia (...)"

Ya para concluir, no podemos olvidar los últimos sonetos de Miguel Ángel, caracterizados por una espiritualidad exacerbada, de corte también neoplatónico, que en ocasiones parece preludiar lo que será la poesía de los grandes místicos españoles de la segunda mitad del siglo XVI (aquel "¡Oh mi Dios! ¿cuándo será/cuando yo diga de vero/ vivo ya porque no muero?" de san Juan de la Cruz, por ejemplo). Los temas del rechazo de este mundo terrenal y del encuentro con Dios son constantes en estos versos y este querer desasirse de lo material, del cuerpo que no es sino prisión del alma, tiene su trasunto artístico en algunas de sus esculturas, especialmente la Piedad Rondanini, en la que trabajó pocos días antes de morir.

Piedad Rondanini (detalle)

LXX
"Las fábulas del mundo me han robado
el tiempo en que debía contemplar a Dios, 
y no sólo he dejado su gracia en el olvido,
sino que con ella, incluso, me he dado a pecar (...)
Hazme odiar cuanto al mundo place
y sus bellezas que honro y cultivo,
para que antes de morir posea eterna vida"

LXXV
"Cierto de la muerte, no aún de la hora,
la vida es breve y poco ya me resta;
grata a los sentidos, pero no morada
del alma, que me ruega muera.
Es ciego el mundo y aún el triste ejemplo
vence y sumerge toda costumbre buena;
se apagó la luz y en ella la confianza,
triunfa lo falso y la verdad no brota.
Ay ¿cuándo vendrá, Señor, lo que aguarda
quien en ti cree? pues la mucha tardanza
la fe corta y hace el alma mortal.
¿Qué vale que nos prometas tanta luz,
si antes llega la muerte, y sin refugio
para siempre nos deja donde nos alcanza?"


Bibliografía y webgrafía:
 GONZÁLEZ CAMAÑO, F.L., "Algunas notas a la poesía de Miguel Ángel", Fedro, nº6, pp. 27-57 (http://institucional.us.es/fedro/uploads/pdf/n6/gonzalez.pdf  7/4/2013)
MIGUEL ÁNGEL, Sonetos completos, Ediciones Cátedra, Madrid, 2011 (3ª edición). Introducción, traducción y notas de Luis Antonio de Villena. 
"Las Rimas de Miguel Ángel", artículo publicado en ABC el 17 de mayo de 2012 (http://www.abc.es/20120510/cultura-cultural/abci-libros-miguel-angel-buonarroti-201205101555.html 7/4/2013)

viernes, 5 de abril de 2013

Edipo y la esfinge según Moreau y Cavafis

Gustave Moreau, Edipo y la Esfinge (1864), Museo Metropolitano de Arte, Nueva York
Edipo (1896)

Escrito después de leer la descripción del cuadro "Edipo y la Esfinge" de Gustave Moreau

Sobre él la Esfinge está abatida
con dientes y garras en tensión,
con la fiereza toda de la vida.
A su primer embate cayó Edipo,
su primera aparición lo ha estremecido-
una figura así y palabras tales
hasta entonces nunca había imaginado.

Mas, aunque sus dos patas apoya
el monstruo en el pecho de Edipo,
éste aprisa se ha repuesto-en absoluto
siente ahora ya temor, pues tiene
presta la solución y va a vencer.

No se alegra, en cambio, por este triunfo.
Con su mirada llena de tristeza
no mira a la Esfinge, ve más allá
el angosto camino que va a Tebas
y que culminará en Colono.

Con nitidez también su alma presiente
que allí volverá a hablarle la Esfinge
con mayores y más difíciles
enigmas que no tienen respuesta.

Constantinos Petros Cavafis (1863-1933)
Traducción de Pedro Bádenas de la Peña (Cavafis, C.P., Poesía completa, Alianza Editorial, Madrid, 2003). 

miércoles, 3 de abril de 2013

Mi obra de la semana: Edouard Manet, "El espárrago" (1880)


Juan Fernández el Labrador, Racimo de uvas blancas, c. 1630. Museo Cerralbo, Madrid. Fotografía: Rafael Castañeda Fotografía (http://www.madridvillaycorte.es/pst_labrador2013.php)

Hace unas semanas tuve el placer de visitar la pequeña exposición del Museo del Prado dedicada al misterioso pintor del siglo XVII Juan Fernández el Labrador. Allí, entre uvas, flores y frutos secos me vino a la memoria, como una instantánea que con la velocidad del rayo atravesase mi mente, una pintura que había visto en ese mismo museo diez años antes, con motivo de una exposición dedicada a Manet. La obra en cuestión era la titulada, simplemente, "El espárrago". En ella, un espárrago solitario, un poco deshecho y pasado, aparecía sobre una superficie lisa, tal vez una mesa. Nada más. El protagonismo absoluto era suyo. 


Manet, El espárrago, 1880. Museo de Orsay, París.

Esta graciosa y curiosa revisión y versión del género del bodegón tiene su historia: Manet habría vendido por ochocientos francos al historiador y crítico de arte Charles Ephrussi una obra titulada "Un manojo de espárragos". Sin embargo, el buen señor pagó a Manet algo más de la cantidad convenida: mil francos. Así pues, como agradecimiento a tan generoso gesto, Manet pintó este espárrago y se lo envió con una pequeña nota: "Le faltaba uno a su manojo". 

Manet, Manojo de espárragos, 1880. Museo Wallraf-Richartz, Colonia.

De esta pintura siempre me pareció llamativa la dignidad que adquiere un simple espárrago, cómo el artista consigue elevar algo tan humilde, sin retóricas huecas, a la categoría de motivo central de una pintura. Esta misma idea volvió a aflorar en mi memoria al contemplar los solitarios y atemporales racimos de uvas del Labrador, convertidos en únicos y majestuosos protagonistas de sus lienzos.


lunes, 1 de abril de 2013

Los grandes pintores vistos por los grandes poetas (I)

Aunque hoy día parezca que cada una de las artes (poesía, teatro, pintura, escultura, música, etc) es un compartimento estanco, separada tajantemente de las demás, en los siglos de antaño esto no era así y, fácilmente, poetas y pintores podían frecuentar las mismas tertulias, intercambiar ideas y verse influidos mutuamente. Es el caso, por ejemplo en España, de las célebres reuniones que tenían lugar bajo la sombra y beneplácito del pintor y tratadista Francisco Pachecho (1564-1644), suegro de Velázquez, que en Sevilla supo codearse con la flor y nata de la intelectualidad andaluza del momento. Como vemos, los grupos de trabajo interdisciplinares y la transversalidad, tan de moda hoy día, ya existían en la Edad Moderna. 

Debido a estas relaciones de amistad entre literatos y artistas, la literatura, tanto en prosa como en verso, se convierte en fuente fundamental para conocer qué opinión se tenía de las obras de determinados artistas e incluso cómo eran interpretadas en la época. Tampoco conviene olvidar el caso contrario: que grandes artistas retratasen en sus telas a importantes escritores del momento (recordemos, por ejemplo, el soberbio retrato que Velázquez hiciera a Góngora en 1622, durante su primer viaje a Madrid, y conservado actualmente en Boston). Lo que resulta curioso es que los artistas no ilustrasen escenas de sus poemas, sus novelas u obras de teatro. Aunque tal vez esto se deba más bien a los intereses de la clientela del momento. 

Como muestra de esta visión que de los grandes artistas del Siglo de Oro tenían nuestros poetas, traemos los siguientes ejemplos, referidos a Velázquez. Y para ilustrar la otra parte de esta relación bidireccional literatura-pintura, dos retratos de Velázquez (uno original, el otro copia): Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Que los disfrutéis.

Diego de Silva y Velázquez, Luis de Góngora, 1622, Boston, Museo de Bellas Artes

Luis Vélez de Guevara a Velázquez
Pincel, que a lo apacible y a lo fuerte
les robas la verdad, también fingida,
que la ferocidad en ti es temida,
y el agrado parece que divierte.

Di, ¿retratas o animas?, pues de suerte
esa copia Real está excedida
que juzgara que el lienzo tiene vida,
como cupiera en lo insensible muerte.

Tanto el regio dominio que ha geredado
el retrato publica esclarecido,
que aún el mandar la vista le ha escuchado.

Y ya que en el poder es parecido
lo más dificultoso has imitado,
que es más fácil el ser obedecido. 


Copia de Velázquez, Francisco de Quevedo, Madrid,  Instituto Valencia de don Juan.

Francisco de Quevedo a Velázquez
(...) Por ti el gran Velázquez ha podido,
diestro, quanto ingenioso,
ansí animar lo hermoso,
ansí dar a lo mórbido sentido
con las manchas distantes,
que son verdad en él, no semejantes,
si los efectos pinta
y de la tabla leve
huye bulto la tinta, desmentido
de la mano el relieve.