lunes, 19 de agosto de 2013

Literatura y arte: en torno a una desconocida Emilia Pardo Bazán

Recuerdo que en el programa de RNE Clásicos populares, llevado tan magistralmente por Fernando Argenta y Araceli González Campa (y que por desgracia cerrara sus puertas hace algunos años) había una sección llamada "El mono-éxito". Como no podía ser de otro modo, en ella se presentaban compositores célebres por una única obra. La lista es larga y en ella podríamos incluir a Albinoni (con un Adagio que en realidad no es suyo) o Charpentier (quien tuvo la suerte o la desgracia de que seleccionaran su Te Deum como sintonía de Eurovisión). 

Pero el fenómeno del "mono-éxito", tan habitual en la cultura actual por otra parte, no sólo se ha dado en música. También es frecuente en la literatura: ¿de cuántos escritores no sabemos sino citar a lo sumo una o dos obras, quedando el resto de su producción en la penumbra del olvido? O yendo más allá: ¿a cuántos escritores vinculamos únicamente a un género, ignorando que cultivaron alguno más con igual maestría? 

Y en este punto llegamos a Emilia Pardo Bazán (1851-1921), la magistral novelista que sin embargo abarcó también la poesía y el cuento. Porque Pardo Bazán hizo mucho más que introducir el naturalismo en España y retratar su Galicia natal: hay vida más allá de Los pazos de Ulloa. Y vida muy sorprendente que difícilmente vincularíamos a su pluma a priori.

Una poco habitual fotografía de Pardo Bazán en una vestimenta que parece que no le pega mucho...
En este caso quiero traer a colación unos pequeños cuentos de los que he tenido noticia, totalmente casual, hace algunos días. No era agosto la época más adecuada para leerlos (ahora veréis por qué), pero me han parecido interesantes igualmente. Se trata de los cuentos La Nochebuena en el Infierno, La Nochebuena en el Purgatorio, La Nochebuena en el Limbo y La Nochebuena en el Cielo.

El nexo común de estos cuentos, narrados en primera persona por la propia Emilia (no faltan referencias a sí misma y sus preferencias artísticas y literarias), es el viaje, de mano de un misterioso poeta, a través de las regiones del Infierno, el Purgatorio, el Limbo y, finalmente, el Cielo. Quien conozca someramente el argumento de la Divina Comedia habrá pensando en su influencia inmediatamente. Como en la inmortal obra de Dante, que se menciona varias veces en los cuentos, un mortal realiza un viaje teniendo por cicerone a un poeta. En este viaje presenciará los horrores del Infierno, conocerá a los niños que aguardan en el Limbo y contemplará las delicias del Cielo, girando todo ello en torno a la peculiar celebración de la Nochebuena en cada una de esas regiones. 

Es este un viaje sugerente, plagado de descripciones magistrales de cada uno de los lugares que Emilia visitará. Porque la pluma de Pardo Bazán realiza descripciones de tal viveza y precisión que parecen cobrar vida delante del lector, recordando en cierto modo a la composición de lugar de los ejercicios espirituales jesuitas. Y también traen a la memoria imágenes pictóricas que quizá Pardo Bazán tenía en mente al hacer muchas de sus descripciones.

En primer lugar, os traigo la descripción que hace de la isla del Purgatorio, tal como la ve ella desde la barca en la que navega con su primer cicerone, el poeta suicida:

Joachim Patinir, El paso de la laguna Estigia, Museo Nacional del Prado.
"Nos íbamos acercando a la isla del Purgatorio; sus dentadas costas, su ribazos, sus vaporosas lejanías, sus valles, se divisaban claramente a una luz que se parecía mucho a la de la luna, o, mejor dicho, a la eléctrica, y que permitía apreciar los colores. Noté que, al acercarnos a la isla, las olas fosforecían más y se volvían transparrentes, con la transparencia pálidad de la piedra llamada tan propiamente aguamarina: todo era verde alrededor nuestro, y la isla, poblada de tupidísimo arbolado, verdeaba también como gigantesta esmeralda engastada en el oro fino de los arenales, adonde atracaban sin cesar barquillas atestadas de almas, una multitud silenciosa, vestida de verdes tunicelas, hechas tal vez de follaje".

Al leer esta descripción me venían a la mente dos obras relacionadas con el viaje al más allá y en las que aparecen el mar, una barca y una isla. Se trata de El paso de la laguna Estigia, de Joachim Patinir, obra conservada en el Museo del Prado, y La isla de los muertos de Arnold Böcklin, pintura de la que existen varias versiones, siendo la más antigua del año 1880. Una de las pinturas ya la habéis visto ilustrado la descripción, la otra la incluyo a continuación:

Arnold Böcklin, La isla de los muertos, Museo Metropolitano de Nueva York.
¿Conocía Pardo Bazán estas obras? ¿Tenía alguna de ellas en mente al escribir esas líneas? La obra de Patinir tal vez pudo verla en el Museo del Prado y la de Böcklin conocerla a través de algún grabado. Al datar los cuentos de los años 1891 y 1892 (fueron publicados en el periódio madrileño El Imparcial), es plausible que tuviera noticia de algunas de las versiones de la obra del pintor suizo. 

Sea como fuere, no es ésta la única descripción que trae a la memoria alguna creación de nuestra Historia del Arte, demostrando (una vez más) la amplia cultura, en este caso visual, de la escritora.

 Por ejemplo, en el Purgatorio la apariencia de las ánimas que lo habitan, revestidas de una "sobrevesta de lampazos", se asemejan, según la visión de Pardo Bazán, a "los salvajes esculpidos en los pórticos de las catedrales", como el que traemos a continuación:

Uno de los salvajes de la fachada del Colegio de San Gregorio de Valladolid
Siguiendo en el Purgatorio, la narradora se sorprende de no ver a aquellas ánimas consumidas por el fuego, tal como se las pinta "en pinturas y retablo cercadas de lenguas de llama".

Una representación típica del Purgatorio

 El poeta suicida, ante la extrañeza de Pardo Bazán, le contesta:
"Aquí el fuego nunca es visible. Esas ánimas de retablo que pintáis en la tierra son un medio de dar a entender a los sentidos lo que no podría comprender la razón... y es que aquí se arte por dentro; se sufre una calentura que nunca remite (...) una calentura de cuarenta y un grados y varias décimas, que disuelve la sangre, seca el corazón, abrasa las fauces, incendia el cerebro y engendra continuo delirio. En el Purgatorio se vive delirando"

 El Limbo, como no podía ser de otro modo, está plagado de chiquillos que alborotan y juegan. Tal estruendo le recuerda a Pardo Bazán los coros de las óperas de Wagner, parecido que expresa en una frase antiwagneriana lapidaria (no olvidemos que Wagner había fallecido en 1883 y levantaba pasiones y odios a partes iguales):

..."y de su masa confusa [de chicuelos] brotaba un coral análogo a los de Wagner, en que el llanto estrepitoso, el gemido desconsolado, la carcajada, el berrinche, el pataleo, el gorjeo, se unían en un solo acorde estridente, irónico, arrancado a las cuerdas y a los metales de infernal orquesta"

Esta descripción y la que le sigue me trajeron en el momento de su lectura una pintura a la memoria que, cierto es, poco tiene que ver en temática pero en común tiene con el relato de Pardo Bazán la reunión ingente de niños. Se trata de La ofrenda a Venus de Tiziano:

"El inconmensurable recinto estaba atestado de chiquillería: un océano de gente menuda; no intenté contarla, ni siquiera calcular aproximadamente su número. Imaginaos leguas y leguas de terreno cubiertas de mies; figuraos un pomar sin límites, cuajado de manzanas; suponed un colosal aprisco donde las ovejas hierven, ondean, se empujan, se encaraman unas sobre otras; así rebullían y pululaban los retoños humanos en la Inclusa  límbica"

Tiziano, La Ofrenda a Venus, Museo del Prado.
Para terminar, una reflexión de Pardo Bazán sobre el quehacer artístico, puesta en boca del poeta suicida que acompaña a la escritora durante su descenso a los Infiernos:

"Si no desdendieres al mundo inferior-contestó mi guía, mirándome de pies a cabeza con desdén glacial-, serás inferior tú misma. Quien no realiza la bajada a los Infiernos, que no se tenga por artista humano"

Estas palabras me han hecho recordar otras de Diderot sobre la inspiración del artista, que no se encontraría tampoco en la belleza apacible del mundo:

"¿Qué necesita el poeta? ¿Una naturaleza bárbara o cultiivada, tranquila o tormentosa? ¿Preferiría la belleza de un día puro y sereno al horror de una noche oscura? (...) ¿Cuándo veremos nacer poetas? Después de grandes desastres y grandes desdichas, cuando los pueblos comiencen a respirar, y las imaginaciones excitadas por espectáculos terribles se atrevan a pintar cosas que ni siquiera podemos concebir los que no hemos sido testigo de ellas"

El texto completo de estos cuentos, que os recomiendo encarecidamente, lo podéis encontrar en los siguientes enlaces:

- Nochebuena en el Infierno
- Nochebuena en el Purgatorio
- Nochebuena en el Limbo
- Nochebuena en el Cielo

1 comentario:

  1. Emilia Pardo Bazán tenía una pluma prodigiosa y era, sin duda, una mujer admirable. Consiguió el amor de uno de nuestros monstruos de la letras, el gran Pérez Galdós. En su gusto por la novela naturalista llegó a codearse con Zola en París y asistir a muchas reuniones de intelectuales en un mundo eminentemente masculino.
    Todavía puedo imaginarme lo que diría se hubiera visto toda su biblioteca reducida a cenizas en su Pazo de Meirás cuando el edificio pasó a las manos de Franco.
    Por cierto, te recomiendo la biografía de Eva Acosta.
    Un saludo y feliz verano

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